El grandilocuente ventanal mudo, testigo en sí de sus añosas imágenes, era el entorno del cuadro demacrado. Detrás de él, las memorias fantasmales y des

Su nombre antes fue tildado de salvador de la patria necesitada, líder de los que fueron llamados a actuar, gestor del impulsivo progreso económico. Ahora o para ser más rigurosos desde que el accionar cobarde comenzará a maquinar, tomó otra dirección. Tomó el tinte malicioso, insano hasta la irracionalidad, de la luz cenital que cae delatándolo.
Deben ser producto que las voces culposas empiezan a clamarle tormento, demostrándole el costo que el jueguito maquiavélico de la vida cuesta abajo significa.
En la edad que uno debiera de sentarse por largas horas, mirando los ojitos de los revoltosos y carcajeantes seres motivadores, él no se siente conectado. Se siente más ido que nunca, porque hasta su soberbia demoledora del ayer, pareciera abandonarlo len-ta-men-te.
Se va, se evapora. Lo niega mil veces. Si te he visto, no me acuerdo.
La que acostumbra de enarbolarse por el bien superior, con sus colores tan típicos, ya no tiene el placentero olor a chicha en cacho. Tampoco significa regalías complacientes, ni falsa protección corrupta por la matanza feroz del demoníaco traje gris.
Al otro lado de la montaña, el que fuese la cara opuesta de la moneda, el adversario combativo en la retórica aglutinadora de los derechos mínimos, el confrontacional a su lógica, permanece impávido. Precisamente él, ahora ensimismado físicamente y aludiendo todo tipo de resquicios presentables, sólo atina a menear la cabeza.
Pretende lanzar la simuladora cortina de humo del buen cristiano. Dice que no ha hecho nada.
Intenta converserse asimismo, acuñando la evasiva del mal entendido y generalizada conspiración en su contra. Trata de aletear en la medida que puede.
Ni siquiera las caras de los que no entendían nada, con la contemplación expresada en el color intenso de los años soñados, le impidieron acometer lo enfermizo.
Ya, en el presente del domingo aplastante, la saliva es tragada con detención y el sonido del cantar de los pajaritos reunidos porque sí, no tiene mayor primacía.
Los dos esperan el cese definitivo.
Ninguno de los dos quieren tomar el matutino condenatorio, ni reunirse para rebuscar opciones con los charlatanes que vestidos de rigurosa seriedad, cobran cada mes.
Ya no creen en sus propias alucinaciones y se limitan a proyectar el pusilámine del “estar allí”, por contrariedad.
Cuando los venga a busca la pelá, ella tratará de realizar su labor en forma silenciosa. Se verá obligada, porque la tarea de grata, no tendrá nada.
Incluso para la doña escalofriante, el retirarles un último entre latido corto punzante, le producirá las respectivas arcadas vomitivas, producto de las esencias malolientes que ambos tatitas lucen.
Que ambos seres de antaño quisieron sembrar.
Las mismas que hoy les condena irreversiblemente y les hace sentir al friolento silencio, cómo el justiciero natural.